miércoles, 8 de junio de 2016

Tener pelo da la felicidad?


Este gif de la izquierda es la felicidad. Literalmente. Es una molécula de miosina (una proteína con patitas) que arrastra una esfera (vesícula) de endorfina sobre un microfilamento. Aunque hay muchas personas -científicas- que discrepan, ya que podría ser cualquier tipo de proteína transportando cualquier tipo de contenido desconocido. Pero quedémonos con la descripción más naif. La felicidad camina de forma bípeda, como nosotros.

¿Es que alguien tenía algún interés o mimo especial por su pelo, más allá de ir a la peluquería de vez en cuando y usar mascarilla tras el lavado? Casi nadie. Yo, de hecho, me lo destrozaba decolorando mechones, porque a finales de los 90, principios de 2000, era la moda (horrorosa, por cierto).  Ha habido rachas que he tenido mucho pelo. Otras que se me ha caído mucho. Que he tenido dinero. Que no he llegado a fin de mes. Que he tenido pareja. Que he estado sola. Que he viajado. Que no he salido de Madrid. Que he tenido muchos amigos para correrme buenas juergas. Que he preferido quedarme en casa viendo series americanas o películas. ¿He sido feliz, más feliz o menos feliz como el chiste de "El dinero no da la felicidad, pero prefiero llorar en mi Ferrari"? Ahora me doy cuenta de que tanto mis posesiones materiales (casa, coche, curro, no tener nada o tenerlo todo), mis habilidades sociales (que te invitaran a fiestas todos los fines de semana, tener muchos contactos y amigos para salir por ahí) como mis atributos biológicos (más pelo, más juventud, cuerpo atlético de gimnasio) no me han convertido en alguien 100% feliz y pletórico NUNCA. Siempre he ido por rachas, buscando preocupaciones cuando no tenía ninguna. Lo he tenido todo para ser feliz. Y no lo he sido. En cambio he pasado por momentos en los que tenía que decidir entre comer caliente ese día o hacer fotocopias de los apuntes de clase. Y era una persona más ilusionada con la vida, con mis luces y mis sombras, pero con una capacidad de adaptación brutal. Ahora me puedo tirar horas apilando troncos, arrancando malas yerbas y barriendo hojas, acostándome antes de la media noche y madrugando más los fines de semana para aprovechar la jornada en el campo que cuando trabajo en la oficina. ¿Soy feliz así? En parte sí, y mucho. Pero en parte me siento alienada, agobiada, desdichada. Siempre tengo algo en mente que me perturba, que me preocupa, que me raya, tanto sobre mi vida personal como sobre la profesional. No soy capaz de disfrutar plenamente del presente todavía, olvidándome del pasado y sin proyectarme en el futuro, aunque al menos lo intento con todas mis ganas.

Tener un buen aspecto físico ayuda siempre. Eso está claro. Nos hace sentirnos bien con nosotras mismas (no voy a decir lo contrario, dedicándome a lo que me dedico) y también de cara a los demás, como una carta de presentación: la chica que se viste bien, que tiene un pelo cuidado, sano y un maquillaje perfecto todo el día.  Incluso podría ser determinante en una entrevista de trabajo. El cabello, sobre todo en una mujer, es un "accesorio" de belleza importante. Pero si soy sincera, cuando lo tenía, pasaba mucho de cuidarme el pelo. Siempre lo llevaba en coleta, incluso a veces con grasa en la raíz por no lavarlo cada día. En ocasiones lo soltaba y se quedaba a su bola, sin pulir la cutícula con secador ni con plancha, en plan salvaje, con alguna onda pero con la humedad se me bufaba. Algunas compañeras de clase iban a la peluquería casi todas las semanas. Yo prefería gastarme la paga en ropa o botellones. Me teñía en casa.

Pocas personas que ahora sufren alopecia de cualquier tipo se lo han cuidado mucho cuando lo tenían. Sólo se dan cuenta de lo importante que es para ellas cuando lo han perdido. Y ahora dependen mucho de que el tinte esté pigmentado, de cardar, de dar volumen con secador, de disciplinar con la plancha, de sanearlo con frecuencia... Porque si lo dejan "al natural" como siempre han hecho, es tan lacio, tan fino, tan ralo y con tan poca gracia que se les nota mucho más la pérdida de densidad de la melena. Cuando podían disfrutar de una sesión de peluquería, no lo hacían, tenían otras prioridades. Ahora van con frecuencia, porque se sienten obligadas.

¿Por tanto, a mí el pelo me ha dado la felicidad alguna vez? Bueno. Tenía muchísimo. De pequeña me agobiaba, sobre todo en verano, mi madre estaba harta así que solía llevarlo corto, tipo bob. En la edad del pavo, era muy largo, me gustaba, pero prefería ser pelirroja y lo machaqué con tintes. Luego quería ser rubia. Lo machaqué con mechas. Luego me hice concubina de Marilyn Manson, así que lo machaqué con tinte negro. Cuando empecé la universidad ya se me había caído más de la mitad así que empecé a verle las orejas al lobo, a darme tratamientos de laser que no sirvieron para nada y hasta hoy. Que resulta que tengo alopecia areata ofiásica, difusa y psoriasis desde el principio de los tiempos.

Sí, tener un físico agradable ayuda, pero hay personas extremadamente atractivas que son extremadamente desgraciadas. Multimillonarios que se suicidan. Famosos, cantantes y estrellas de Hollywood que acaban arruinados y viviendo como parias al margen de la sociedad porque no han podido soportarlo. Personas con pelo que no le dan la mínima importancia, a veces tampoco se la dan -demasiado- ni cuando lo pierden. Porque su vida es mucho más que tanto tienes, tanto vales. Porque tienen la capacidad y el patrón de pensamiento de poder sobreponerse a bajones, situaciones adversas o problemas, y además, salir fortalecidos con la lección aprendida de la situación. Y al final, refiriéndonos a la alopecia, aunque se te caiga absolutamente todo el pelo, aunque no lo recuperes nunca más, lo superarás y saldrás fortalecida. Y esto no es algo extraordinario, esta capacidad está en todos y cada uno de nosotros. Sólo hay que entender las claves para poder desarrollarnos.


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