viernes, 14 de agosto de 2015

El post del viernes: ocio sin niños y personajes raros de TBO, Doña Urraca y Deliranta

Hace poco leí en prensa que se estaban poniendo de moda restaurantes, hoteles, agencias de viaje y  centros comerciales "libres de niños", porque parece ser que dan por culo molestan a grupos de adultos o a parejas. Bueno, mi opinión no es imparcial porque a mí personalmente no me gustan los niños, pero es políticamente incorrecto promocionar ese concepto de ocio, y en los comentarios a la noticia muchas madres se estaban rasgando las vestiduras, mientras que otras estaban de acuerdo con la medida aunque fuera polémica: "Los niños son niños, no aguantan tanto tiempo sentados, tienen que jugar" dice una. "La culpa es de los padres, que no los educan, para correr y saltar que se los lleven a un parque", escribe otra.  "Seguro que no tienes hijos, porque si te sale movido o nervioso a veces no puedes hacer nada para que se porte bien, y tampoco es plan de no salir nunca de casa", le contestan. "Una hostia a tiempo..." responden algunas (a las que cosieron a negativos, por supuesto). De los 100 y pico comentarios en ese medio, no vi ninguno paterno (para tener también la visión masculina del tema, más que nada).

Trabajo cara al público, y como es lógico muchas clientas vienen con sus hijos pequeños. Es algo natural. Generalmente no hay ningún problema, pero es normal que se cansen de esperar. Incluso un par de veces he tenido que poner capítulos de Bob Esponja en la pantalla del TPV, para hacerles la estancia más amena. Pero tampoco es un lugar muy idóneo para venir con niños: hay cosas que se pueden caer y romper, esquinas, cristales, escaleras, espejos, no hay cuentos ni juguetes, y apenas espacio para corretear de un lado a otro. Recuerdo que me encantaba acompañar a mi madre a la peluquería porque tenían un diván y podía repanchingarme a leer Astérix y Obélix. Igual tengo que poner cómics además del Pronto, o algo así.

Además, si se trata de un carricoche con un bebé de meses, va a llorar y a ponerse nervioso porque tiene hambre o sueño, y le da igual estar en una peluquería que en la solemnidad de una misa. De hecho las madres pasan mucha vergüenza cuando el llanto no para y no les pueden calmar. Yo personalmente no metería un carrito en una Iglesia, no soy creyente, pero cuando he tenido que asistir a una boda los lloros desconsolados me crispan los nervios. Al final tiene más protagonismo el niño que la novia.

Entiendo también que es un trago para un crío tan pequeño ir a un restaurante (comida familiar). Normal que se pongan a correr o a pegar gritos y amenicen con su banda sonora a los demás comensales. No tengo ningún pudor en pedir al camarero que me ponga en una mesa lo más alejada posible de los típicos banquetes con niños. Y no pasa nada. Igual que si voy a un sitio tipo wok o los que tienen piscina de bolas no me voy a poner exigente, es ridículo, para eso te quedas en tu casa. Eso sí, tengo especialmente cuidado para elegir los hoteles, y reconozco que los filtro por los que no tienen guardería, piscina infantil ni ningún tipo de animación nocturna familiar. Ya sé lo que estáis pensando: "Pues te aguantas, ¿cuando tengas tus propios hijos te gustaría que te discriminaran por eso?". No es una cuestión de poner barreras a la edad del usuario, sino a quitarme de encima a padres pasotas y negligentes.

Nací en los 80 y las cosas eran muy distintas en aquella época. Primero porque mi madre no trabajaba, renunció a su carrera (educación especial) para críar a la prole. Yo no recomiendo a estas alturas de la película (2015) que ninguna mujer lo haga. Pero supongo que los niños que pasan entre 8 y 12 horas al día con los abuelos o en una guadería tienen otra forma de comportarse los fines de semana, al cambiar totalmente su rutina. Mi padre tenía jornada intensiva en el trabajo y por las tardes estaba siempre en casa. Eran, y son, especialmente sensibles y aficionados a la cultura, así que desde muy pequeña he ido a museos, exposiciones de pintura y otras visitas culturales sabiendo comportarme:  no chillar, no hablar alto ni correr. Es más, recuerdo con rechazo y sumo aburrimiento mi primera vez en el circo. Tenía unos 4-5 años. Me llevaron porque había un notas disfrazado como el payaso de Micolor repartiendo globos y además tenían la espinita clavada por no conseguir entradas para el de Teresa Rabal, mi ídolo de la infancia (cuando me preguntaban qué quería ser de mayor contestaba que "soltera y trabajar en un circo"). Menudo soberano coñazo, quería marcharme antes de que terminase la función, pero me hicieron tragármela entera. ¿No querías ir al circo? Pues toma dos tazas.

El día que me portaba mal o me ponía tonta en público, me quedaba sin ver la tele o me ganaba un pescozón de esos que te dejaban más calentita que una colleja. Ahora eso se considera maltrato. Una vez tuve que pedir educadamente a una mamá que su hijo de cinco años, a medio metro de ella, dejara de darle patadas al mueble lavacabezas porque por aquél entonces (2013) no había terminado ni de pagarlo. Ella se giró, me miró con cara de asco / molestia, resopló y dijo: "Cariño, estate quieto, que luego vamos a comprar chuches". Di que sí, maja, refuerzo positivo. Que esa es otra, las primeras temporadas de Super Nanny me gustaban, pero desde que lo cambiaron de cadena más que una psicóloga infantil hay casos que debería revisar El Vaticano para mandar a un exorcista. No soporto los gritos.


Tener un padre friki era una gran ventaja, sobre todo porque mi afición a los tebeos se remonta a mi más tierna infancia. Es mucho más sencillo enganchar a un niño de cinco o seis años a leer si el contenido es muy visual, las letras van en mayúsculas y tiene poco texto en cada viñeta. Pero no sólo eso, yo creo que lo que más me fascinaba era poder compartir material de lectura con un adulto, eso me subía la autoestima y me daba más importancia. Al fin y al cabo los niños imitan lo que ven en casa, para para lo bueno como para lo malo.

De más mayor, con diez u once años, cada domingo íbamos a un mercadillo de libros y cómics de segunda mano. Ahí invertía una buena parte de mi paga. Por cuatro duros volvía a casa con una bolsa de tebeos usados, algunos a fecha de hoy se habrán convertido en ediciones de coleccionista. No sé si mi madre me los ha guardado. Empecé con lo típico: Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Carpanta, Rompetechos, El botones Sacarino... Pero poco a poco me fui aficionando a historietas más underground, jajaja, en concreto a dos personajes un poco raros que no creo que casi nadie conozca o le suene:

Doña Urraca era mala persona. Todo un cambio de registro para lo que estaba acostumbrada a leer, aunque Zipi y Zape hicieran trastadas, no pretendían hacer daño a nadie, simplemente se les torcían sus planes. En cambio, este personaje era una pedazo de zorra. Con nariz aguileña (que recuerda al pico de las urracas), siempre de mala leche, malhumorada y cascarrabias.

Por cómo iba vestida (levita negra, paraguas, gafas) creía que estaba emparentada de alguna manera con Mortadelo. Algo así como su versión femenina pero en malvada. Su creador, Miguel Bernet, fue uno de los fichajes estrella de la editorial Bruguera. Se publicó por primera vez en 1948. Era una historieta que tuvo éxito precisamente por ser una "antiheroína" y estar amargada. Cuando eres pequeño no te das cuenta de esas cosas pero la creación de Doña Urraca no es algo casual ni circunstancial: se trataba de una protesta por la marginación que sufrían las mujeres solteras, sin hijos, en aquella época. Poco más que despojos. Por tanto Urraca canalizaba el desprecio de los demás y su frustración en hacer putadas. Y visto así me parece una idea estupenda.

Deliranta Rococó es también un personaje poco conocido, obra del autor Gustavo Martínez (también dibujaba El profesor Tragacanto), para Bruguera. Era una mujer de la alta sociedad, obsesionada con las dietas de adelgazamiento y con la belleza. Se publicó por primera vez en 1979. De esta historieta me gustaban mucho los detalles ostentosos: sus jarrones, cortinajes, puntillas, collares, la decoración de su palacete, su carroza... En fin, todo muy rococó. A pesar de su dinero y de los cuidados de su abnegado servicio (varias doncellas, chófer y un mayordomo mequetrefe que hacía las veces de asistente personal), ella seguía siendo gorda, fea y no lograba hacer amigas entre la alta sociedad, porque la rechazaban. Algo así como "aunque la mona se vista de seda...". Seguramente es una parodia de los nuevos ricos que afloraban en esa época. Pero con 10 años ni te lo planteas, me gustaba mucho inspirarme en ese cómic para dibujarla con sus collares de perlones y los muebles barrocos de su casa.

En fin, en cualquier caso, si no hubiera mujeres decididas a ser madres nos extinguiríamos...





Fuente: http://www.tebeosfera.com/documentos/textos/dona_urraca_por_jorge_un_maestro_del_comic.html

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Los niños suelen liarla pero los padres están para enseñarles. Mis hijos cuando vamos fuera se ponían tontos y a base de regañar ya no lo hacen y es así como debe ser. Castigar y hblar seriamente. Que luego se arrepientan y no distraerles. Se les distrae con meses o un año pero a partir de dos años se les castiga para que corrijan y adquieran buenos modales.

Personalmente no me ha psado nada en ningun sitio familiar. No tengo nada en contra de nadie demomento pero si que tuve un percance de un niño de la familia que pegaba al mio y tenía que estar soportandolo... Hay madres que no saben educar bien ni parar a los niños pero también si el niño es pequeño tmb es verdad que no siempre acatan las ordenes y necesitan ser mas mayorcitos para calmarse.

Casi ningun sitio es apto para niños pequeños, pero no todas las madres disponemos de alguien que se los quede, yo si no contrato niñera no tengo nadie y mis padres son como fantasmas así que me los llevo hasta al hospital cuando toca pero eso sí están muy callados porque los pongo a raya y si se alarga demasiado pongo dibujos en el móvil.

Blog de Alopecia Femenina dijo...

Ufff yo es que no tengo paciencia, por eso sería una madre nefasta jaja.

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