viernes, 23 de enero de 2015

El post del viernes: comida sana, ecológica y productos frescos = vivir mejor

imagen: Paco Porras
Desde un poco antes de Año Nuevo he hecho -y cumplo- un gran propósito: relegar la comida basura a momentos puntuales, como mucho un día a la semana. Lo creáis o no, el domingo pasado pedí pizza sólo por inercia (no había cubierto el cupo aún) pero reconozco que tampoco tenía muchas ganas. Comí dos porciones y el resto ahí se quedó. Pensaba ir desayunándolo poco a poco pero mi novio, un chicarrón del norte con más saque que Robin Food, no dejó títere con cabeza. De verdad me dio igual, pero antes era una tragedia quedarme sin mi ración generosa de hidratos. He vuelto a disciplinarme con la onagra, el omega 3, las vitaminas y los antioxidantes.

Es curioso. Durante meses (bueno, yo diría que al menos durante dos años) me he considerado adicta a la comida de manera reincidente. Esto significa que siempre me ha gustado -y me gusta- pegarme atracones (me calman. Cuando como lo disfruto tanto que no pienso en otra cosa y me relajo) pero antes sólo sucedían esporádicamente. Con el estrés acumulado de los últimos dos años, he estado temporadas en las que no podía pensar en otra cosa que no fuera en comida, y me ponía tibia  por aburrimiento y por gula (para colmo, siempre por la noche), sin esperar a tener hambre.

De la noche a la mañana, como propósito de año nuevo, he cambiado el chip y simplemente "me he reprogramado". No sé cómo ha podido suceder sin ayuda. Mi problema era tal que he llegado a plantearme ir a la terapia de grupo que organiza una parroquia evangelista en Madrid para bulímicos / adictos a la comida (tipo alcohólicos anónimos). ¿Que me gusta un burrito del Tacobell más que a un tonto un lápiz? Absolutamente. ¿Que me calzaría un donuts de chocolate o un brownie a cualquier hora? Claro que sí. ¿Que la pizza es deliciosa mañana, tarde y noche? ¡Por supuesto! Pero ya no me dejo llevar por mis impulsos, e incluso considero que los estoy canalizando muy  bien: sentir que rugen las tripas cuando tengo hambre es inevitable, pero el sufrimiento por no zamparme un bollo hipercalórico es opcional. Y ya no me importa. De hecho, esta mañana he desayunado un kiwi, un plátano y leche de arroz con una cápsula de nespresso (sabe a culo por cierto, ¡puta intolerancia a la lactosa!). Tengo pan de pita y hummus para comer. Ni yo misma me creo que lleve casi un mes cuidándome tanto.

Además, desde hace un par de semanas he vuelto a comprar en el Natura Sí. Hace poco han abierto otro junto a mi trabajo. Ya no tengo excusa. Cuando hacía mucho deporte y me cuidaba, aunque no tenía ingresos y vivía de una asigación de estudiante, mi filosofía era: "Prefiero gastar más dinero en pocas cosas muy sanas y  buenas para comer lo justito, en lugar de escatimar y atiborrarme a comida precocinada, en conserva o congelada".

He sido capaz de retomar esa mentalidad, y paradójicamente aunque vaya a establecimientos de alimentación más premium, me estoy ahorrando mucho dinero. En primer lugar, porque ya no salgo cuatro o cinco veces por semana a comer o a cenar fuera, y además desayuno en casa antes de ir a trabajar en vez de café y croissant mantecoso en el bar de la esquina (bueno, algún día me doy el gustazo para qué nos vamos a engañar). Vigilo mucho más lo que compro, me fijo en calcular bien las cantidades para no desperdiciar ni que me sobre nada (mi congelador era objeto de estudio de arqueólogos). He vuelto a cocinar, por lo que disfruto de platos caseros recién hechos (aunque tengo menos tiempo para holgazanear en casa que es lo que hago entre semana por la tarde-noche). Esto mejora mi calidad de vida.

Por ejemplo. El otro día estuve en Natura Sí, compré dos lechugas, un manojo de cebollas y medio kilo de tomate. En total gasté casi 10 € pero me lo estoy gozando. ¡La lechuga está deliciosa sin aliñar, me da pena quitarle hasta la tierra! Los tomates, increíbles. Ni aceite de oliva, ni sal, ni nada: a mordiscos me saben a gloria bendita.

Después, fui dando un paseo a El Corte Inglés porque en contra de lo que yo misma pensaba y de la fama de ser un establecimiento caro, las ofertas que tienen en la pescadería son buenísimas. Hay que liberarse de todos los prejuicios. Salí con una bolsa de pescado fresco para dos (seis raciones generosas de salmón, anchoas y pez espada) que me costó unos 18€. Luego, piqué porque estaban promocionando medio kilo de yogur edulcorado con estevia procedente de ganadería ecológica por 2€. Hale, pa la saca. A la mierda mi intolerancia a la lactosa, el yogur batido natural me encanta. Y para acompañar, un pan rústico de hogaza que no se pone duro, puedes comer rebanadas tiernas durante días. Mucho más rentable que una barra a 0.60€ de pan industrial (como te sobre algo, al día siguiente parece estar hecha de piedra). También me llevé unas cuantas litronas de cerveza, ya que podía cargar el maletero.

Si prorrateo el gasto en alimentos (aquí no incluyo aceite de oliva, electricidad, agua, especias ni sal) el precio medio por ración de un buen pescado fresco + ensalada ecológica + bebida + pan de pueblo + yogur artesanal está en 5-6 €. No me parece desorbitado.

Aunque oficialmente digo que estoy a dieta, simplemente al dejar de comer mierdas y cuidarme más  he conseguido bajar de peso sin esfuerzo. No he pisado el gimnasio, aunque falta me hace. El ejercicio ya no me gusta (antes estaba enganchada al running, pero como lo dejes el cuerpo se acomoda rápido a no hacer nada), pero sé que en primavera me va a tocar trabajar duro en la huerta, en el jardín y en el gallinero (oh sí, huevos frescos). Seguro que adelgazo más gracias al "agrofitness",  ¡tengo que patentarlo! En lugar de mallas y deportivas, ¡sombrero de paja y peto vaquero! Estamos pensando en ampliar la familia y adoptar un perro lazarillo que esté retirado. Espero que se lleve más o menos bien con el aristo-gato :)

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