lunes, 2 de febrero de 2009

Dame pan y dime tonta

A los seis años formaba parte de un equipo de patinaje artístico sobre hielo. Ligera como una pluma y ágil como un rabo de lagartija me deslizaba sobre las cuchillas en divertidas coreografías, piruetas, saltos... así pasé las tardes de los viernes y las mañanas de los sábados durante dos años. Compartíamos pista con los de hockey, y nos llevamos más de un empujón -intencionado o no- de los chicarrones del norte que nos miraban con desdén, como al hatajo de renacuajas cursis en mallas que éramos. Buenos tiempos.
Además estaba en edad de asistir a esa escuela pseudo-oficial neocatecumenal, que es la parroquia, para preparar mi alma y recibir a Jesús en Primera Comunión -tal cual lo recuerdo en la tipografía borrosa, manchada y resentida después de tanto fotocopiar el catecismo para los niños-. El grupo que me correspondía por rango y edad sólo impartía catequesis los sábados por la mañana, y eso significaba perder entrenamiento en el polideportivo. No entiendo cómo llegué a convencer a mi padre, que a su vez consiguió convencer al cura, para que me aceptaran en los grupos de Confirmación cada jueves por la noche -20h a 21h- y conmutar la "condena". Dicho y hecho, a los siete años me reunía semanalmente con media docena de quinceañeros granulados -una surreal mezcla entre seminaristas y sátiros salidos-, que aporreaban las guitarras en misa y olían mucho a sudor. Curiosa e ininteligible obsesión del catequista por el pecado y la fornicación. Ahora todo encaja. Al final me convalidaron el cursillo y me llevé una buena hostia, como todos.
Algo se movió en mi interior a partir de ese momento, pues decidí dejar el patinaje a pesar de todo. Cambié los cordones rosas y las orejeras por una raqueta de badminton. Qué sé yo, me dio por ahí, era joven y no sabía lo que quería. También conseguí destacar en ese equipo y no había rival en la cancha que se resistiera a mi revés... era la Rafaela Nadal con volante de plumas. Pero no alcanzaba la edad mínima para federarme y competir, necesitaba cumplir los 12 años. A pesar de eso acudía religiosa y semanalmente a los entrenamientos, y también a los partidos los sábados por al mañana. A calentar banquillo hasta que mi entrenador, un gran tipo, me traía un bocadillo de mortadela con aceitunas -macedonia de cerdo- y una lata de Cocacola. Dos años en reserva. Y cumplí los 11, y le dije al entrenador que me cansé de esperar: "Pero hombre, si sólo son unos meses... ¡aguanta, muchacha!". No hubo tutía. Dejé el deporte en equipo. Para siempre.
He estado pensando en lo que me ha ocurrido durante los últimos dos años, algo curiosamente similar. Casi 24 meses de entrenamiento, con deportividad, sin faltas personales, sólo con saludable diversión. Aún así, llegado el momento real del partido, del cúlmen de nuestro trabajo y sudor, del cara a cara entre contrincantes, salí exultante del vestuario al terreno de juego pero mi nombre volvía a estar escrito en el banquillo. Tonta de mí, cómo no me di cuenta y tiré la toalla antes de ilusionarme con ser la titular de mi equipo. Has vuelto a hacerme creer que valgo lo mismo que un bocadillo de mortadela y una puta lata de Cocacola, Luis, y eso no es jugar limpio. Adiós.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pues yo te felicito porque esta vez no tiraras la toalla, a pesar de que no haya salido bien. Esa es la actitud de los campeones en la vida, quien no aguanta no gana. Ahora, es duro y se puede sufrir, está claro.

Confío en que llegue el día que el trabajo y el esfuerzo sean siempre recompensados. Por desgracia, en estos momentos priman otros intereses...


Un abrazo.
Anuska

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